lunes, 31 de julio de 2017

LOS LUCHOS


-          ¡Mátala mierda! Esta hija de puta te quiere vender.
-          ¡Dispárale, huevón de mierda!
-           
Las voces de sus hermanos lo aturdieron. Cuatro balazos acabaron con la discusión.

Eran 3 amigos, eran delincuentes y también eran hermanos de sangre. La vida nunca fue fácil para ellos. Crecieron viendo a su madre prostituirse y siendo maltratada por muchos hombres gritándole: ¡Zorra! ¡Perra! Y demás apelativos ofensivos que llenaban de odio, rencor y un profundo vacío en sus corazones.

Luis Alfredo, Luis Gabriel y Luis Guillermo eran “Los Luchos”. Su madre, Sandra, les puso Luis en honor al abuelo que la crió. Él era lo único bueno que tuvo en su vida hasta su muerte cuando ella tenía 15 años.

-          ¿Qué pasó con tu padre? Le preguntó un policía a Luis Alfredo, el hermano mayor de 12 años.
-          A ti que chucha te importa policía maricón.
-          ¿Matoncito te crees? Hijo de perra eres.

A pesar de la miseria de sus vidas, Los Luchos eran una familia unida. O al menos eso se creía.

-          A mí me importa una mierda lo que los demás digan de ustedes, no les hagan caso a esos hijos de puta que sólo viven del chisme, nosotros somos una familia y la familia siempre está unida. ¿Entendieron mierdas?
-          Si mamá – dijeron en coro.
-           
El colorido lenguaje lo heredaron de su madre. La mujer estaba resentida con la vida. Era una drogadicta. El trabajo en el burdel no le alcanzaba para sus vicios,  por eso mandó a sus hijos  a la calle a “trabajar”.

Aunque eran unos niños,  Los Luchos eran expertos delincuentes “de al paso”, robaban carteras en las esquinas, cogoteaban a los escolares para robar sus propinas y saqueaban de vez en cuando algún puestito del mercado. Una vez le robaron una pistola a un policía y la escondieron para una ocasión especial, decían.

Luis Guillermo el menor de ellos tenía sólo 5 años. Su madre impulsada por obtener más dinero para sus vicios, decidió mandarlo a la calle a los 4 años. El pequeño apenas se daba cuenta de las cosas.  Sólo  servía de campana mientras sus hermanos  cometían los atracos.

-          ¿En qué momento llegamos a esto? ¡Mierda!
-          ¿Te puedes calmar un poco huevón?
-          ¿Cómo chucha me calmo? Esta vieja reconchesumare nos ha metido el puto dedo todo este tiempo.

Luis Guillermo no decía palabra alguna, sólo observaba atento a sus hermanos mayores que se debatían que hacer con la mujer que tenían al frente. Estaba maniatada y le habían puesto un trapo en su boca. La mujer lloraba desconsoladamente.

-          ¿Cómo la descubriste?
-          La muy perra iba a esperar que el Guillermo cumpla siete años para vendernos a unos pedófilos de mierda. La escuche hablando por teléfono. Tenía todo planeado.

El pequeño no entendía que significaba “pedófilos”, lo único que sabía era que sus hermanos estaban muy enfurecidos. Entonces fue en búsqueda de la pistola escondida. Estaba debajo de la cama. La tomó entre sus pequeñas manos y se apareció delante de ellos.

-          ¡Mierda!, Luis Guillermo deja eso sobre la mesa- dijo Luis Gabriel
-          Tranquilo hermanito, dame esa pistola con eso no se juega ¿recuerdas? – Luis Alfredo intentó calmarlo.
-          Este huevón no entiende nada.

De pronto Luis Alfredo intentó usar la psicología inversa.
-          ¡Mátala mierda! Esta hija de puta te quiere vender.
-          ¡Dispárale, huevón de mierda!

Las voces de sus hermanos lo aturdieron. Cuatro balazos acabaron con la discusión.

Cuando la policía llegó a la casa,  encontró a Sandra maniatada con un trapo en la boca, frente a ella sus dos hijos mayores muertos a balazos. No había ningún rastro del hijo menor. Luis Guillermo había desaparecido.

miércoles, 19 de julio de 2017

DALIA


El clásico sonido de los pájaros anunciaba  un nuevo día. Manuel hizo lo de costumbre. Se dirigió al baño, se lavó la cara, se cepilló los dientes, tomó una ducha y se preparó para salir a comprar el periódico.

Mientras caminaba por las calles aún vacías miraba la vereda e intentaba no pisar las rayas. Este juego mental lo trasladó en sus recuerdos hace 53 años haciendo exactamente lo mismo pero junto a Dalia.

Dalia, era su novia. La amó desde la primera vez que la vio en la facultad. Dalia era escritora y siempre estaba hablando de publicar en algún importante diario de la ciudad; quizás una columna, una crónica o mejor aún todo un libro.

Esos recuerdos hicieron que sonriera mientras a la par sonrió al muchacho del puesto de periódicos que, como todas las mañanas, le entregó su “pasatiempo matutino”. A sus 78 años, Manuel dedicaba su vida por completo a la lectura: el periódico en la mañana, un libro por la tarde e historietas por la noche. Qué diferente era su vida a la de hace 53 años. Apenas y leía los libros que Dalia le daba. 

Mientras  miraba en el espejo su rostro cansado lleno de arrugas, recordó aquella vez en que Dalia  le presentó el libro “El Retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde. Manuel ahora reflejaba el rostro de Dorian pero sólo por las arrugas no por la maldad.

Dalia siempre estaba en sus recuerdos. Nunca dejó de amarla, la siguió amando cuando se enteró que lo dejaría para irse a Europa por una beca para estudiar literatura, la siguió amando cuando se enteró que encontró por allá un nuevo amor, incluso la siguió amando cuando supo que se casaría, la siguió amando siempre pero nunca hizo absolutamente nada.

¿Qué podía hacer a estas alturas? Dalia debe ser una anciana como él, disfrutando de sus hijos, nietos, aquellos que él no tuvo, aquellos que siempre soñó. Pensó buscarla, averiguar que fue de ella, sólo de imaginar volver a verla en persona a estas alturas de su vida le produjo una extraña sensación.

Manuel pensó que la mejor forma de ubicarla era llamar al periódico en donde tantos años ella trabajó. Lo abrió y con la ayuda de una lupa, buscó en cada esquina del diario si había algún teléfono.

Fue entonces que se topó aquel nombre escrito y un fuerte temblor invadió su cuerpo. Acercando su ojo derecho mucho más de lo necesario a la lupa leyó cada letra dibujada  mientras las lágrimas se le escapaban surcando las arrugas de su rostro.

No era raro ver el nombre de Delia en el periódico pero verlo junto a una enorme cruz negra acompañada de las letras Q.E.P.D. lo fulminaron por completo.

martes, 11 de julio de 2017

A LAS SEIS DE LA TARDE

13 de Octubre de 1942

Las yemas de sus dedos apenas pudieron sentirlo. Rosario luchaba con todas sus fuerzas y con su último aliento echó a correr más fuerte pero era insuficiente. El tren se marchó y con él todas sus esperanzas, toda su vida.


7 de Octubre de 1942

Siempre a las seis de la tarde, Rosario estaba lista en su ventana para poder observarlo. A esa hora él pasaba por su calle, abriéndose paso entre niños escuálidos, ancianos con débil andar, calles llenas de basura e incluso algún cadáver que aún no era recogido, todo eso formaba parte del escenario envuelto en una bóveda gris llena de miseria. 

Pero Rosario olvidaba por un instante todo ese horror al verlo pasar. Estaba enamorada.

-       ¿De quién está enamorada Rosario? - sonó con fuerza la voz de su hermano.
-       De nadie - respondió presurosa su madre.
-       En estos tiempos el amor es una estupidez, apenas podemos ir al mercado y regresar con vida a casa. Todo por culpa de esos malditos alemanes y esta estúpida guerra que no acaba. ¡Estoy harto, cansado!

Rosario volteó a ver a su hermano y sintió el peso del mundo en sus hombros, en parte tenía razón. ¿Cómo pudo haberse enamorado? quizás era una señal, un soplo de vida en medio de tanta muerte, no lo sabía, tampoco buscaba entenderlo solo podía sentirlo.


5 de Septiembre de 1942


Rosario regresaba a su casa, ya faltaba muy poco para el toque de queda. Empezó a caminar un poco más rápido pero la aparición de un tanque de guerra alemán la detuvo en el acto. Sabía que era el fin. Se quedó petrificada al igual que otras seis personas que pasaban cerca de ahí. La calle se quedó en silencio, sólo podía escucharse la agitada respiración de aquellas siete almas desdichadas.

De pronto, Rosario sintió que alguien la agarró del brazo y la arrastró hacia un callejón. Era un joven alto, su piel era tan blanca que podían notarse las venas de su frente y cuello, sus ojos era celestes y fríos. Rosario estaba aterrada, no supo que hacer. Después de sólo segundos intentó hablar pero sus labios quedaron sellados por completo ante el estridente sonido de cientos de balas que caían sobre aquellas siete almas miserables, en realidad seis pues la suya había sido salvada.

7 de Septiembre de 1942

Rosario no podía dejar de pensar en sus ojos celestes. Menos ahora que había salvado su vida.

-       Cómo te llamas – le dijo.
-       Rosario – le contestó.
-       No deberías estar en las calles a esta hora. Vamos te llevo a tu casa.
-       ¿Por qué lo hiciste?
-       ¿Hacer qué?
-       Me salvaste la vida, pudiste haber muerto.
-       Pero viví y tú también.

Este mismo diálogo lo repasó en su mente una y otra vez. Sus pensamientos se esfumaron al escuchar el fuerte rugir del tanque de guerra seguido de la ráfaga de disparos. Eran las seis de la tarde. Se asomó a su ventana y ahí estaba él. La miró y le sonrió.
-       ¿Cómo puedes sonreír? Muchacha insensible, aléjate de la ventana – susurró su madre que estaba escondida debajo de la mesa.

22 Septiembre de 1942

Rosario había ideado la manera de poder comunicarse con “el chico de los ojos celestes” era mejor nombrarlo así pues su nombre era muy difícil de pronunciar.  Escribía una nota y la escondía en un rincón del callejón donde se conocieron. Él también le dejaba notas. Sólo sus miradas se cruzaban a las seis de la tarde. Ella desde su ventana, él desde la calle y una sonrisa cómplice era suficiente para alimentar su amor.

12 Octubre de 1942

-       ¡No subas a ningún tren, huye! –
Las palabras de aquella nota, fueron extrañas. ¿Qué significaba? Rosario encontró la respuesta al día siguiente.

13 de Octubre de 1942

Rosario bajó resignada las escaleras, los soldados habían llegado a su edificio y desalojado a todas las familias incluida la suya. Iban a ser llevados a un campo de concentración donde estarían más seguros, donde habría agua, alimentos y medicinas. Eso dijeron.

Llegaron a la estación de trenes y todo se veía normal. Lo que más le daba pena era que no se pudo despedir de su amado “el chico de los ojos celestes”. En ese momento recordó la nota y al ver la falsa sonrisa de los alemanes observando a aquellos que subían al tren, comprendió el mensaje.

-       Era eso, nos van a matar – gritó.
-       ¡Cállate loca! – dijo su hermano.  Nos iremos a un lugar seguro.
-       ¡Nooo! ¡Nos matarán! – gritó aún más fuerte llamando la atención de los soldados.

Sus padres intentaron calmarla. Y su madre le tapó la boca con su mano.

-       No pasa nada sargento, le da un poco de miedo los trenes nada más, estará bien – dijo su madre intentado parecer cordial.

Pero los temores de Rosario desaparecieron en el momento en que lo vio. Estaba parado en el último vagón de otro tren. Estaba como siempre uniformado, tímidamente le sonrió y alzo su brazo izquierdo para despedirse. El tren empezó a moverse. Impulsada por su desesperación de no volverlo a ver, se lanzó a correr detrás del tren.

-       No, no te vayas, ayúdame – gritó desesperada Rosario. Mientras un estruendoso ruido se oyó detrás de ella.

Las yemas de sus dedos apenas pudieron sentirlo. Rosario luchaba con todas sus fuerzas y con su último aliento echó a correr más fuerte pero era insuficiente. El tren se marchó y con él todas sus esperanzas, toda su vida.

Rosario notó que el rostro de su amado también se invadió de tristeza y sus manos taparon su rostro.

Al voltear de regreso a la estación. El reloj marcaba las seis de la tarde. Rosario encontró a sus padres llorando y a una muchedumbre rodeando su cuerpo sin vida sobre los rieles del tren.



lunes, 3 de julio de 2017

EL ÚLTIMO DISCURSO

Las manos le sudaban. Disimuladamente intentaba limpiarlas en su pantalón. Estaba frente a la mirada atenta de decenas de personas que apagaban el sonido de sus murmuraciones.
Ella estaba lista, se supone que ensayó muy bien para este momento. No  era precisamente lo que esperaba. Sin embargo la vio a los lejos, sintió calma y supo que era el momento de empezar.

En la casa no se oía nada salvó el sonido frenético del teclado durante horas. Esta adolescente era muy perfeccionista algo neurótica a veces, bueno en realidad siempre. Quería tener la mejor exposición para el final de sus clases de oratoria.
Podía imaginarse  el rostro cansado de su maestro que siempre se iluminaba con una sonrisa al verla, orgulloso de su trabajo. Podía escuchar los murmullos de aquellas antipáticas de su clase que siempre buscaban criticarla por algo. Podía percibir el aroma del chocolate caliente que tomarían todos juntos al terminar con las exposiciones y podía escuchar la ruidosa orquesta de los carros que transitaban por la convulsionada avenida Alfonso Ugarte.
Todo podía, menos imaginar lo que estaba a punto de pasar.

El gran día llegó. Tenía previsto despertarse muy temprano para volver a repasar las líneas de su “majestuoso discurso”, se sentía viva al narrarlo, poderosa, decidida y sobre todo fuerte. Sin embargo aquella mañana inusualmente entró su papá a verla, eran cerca de las seis de la mañana.

El auditorio estaba listo, el gran momento había llegado. Las manos le sudaban, en realidad nunca estuvo preparada para este momento.
Su maestro orgulloso no estaba presente, más bien estaba el rostro cansado y triste de su padre. No habían murmullos de las chicas antipáticas estos fueron reemplazados por los de sus tías y vecinos. Intento volverse a imaginar el olor a chocolate pero sólo pudo percibir el fuerte olor de las flores. Mucho menos había carros ruidosos, sólo había un féretro inmóvil con el cuerpo sin vida de su hermana mayor.
Apenas cinco minutos antes, sabía que ella tenía que dar las palabras de agradecimiento ante sus familiares, amigos y vecinos que ahora acompañaban  el dolor de la partida. Sabía que en ese mismo instante sus compañeros pasaban nerviosos sus exposiciones, deseó estar ahí con la convicción de lo que ahora vivía era un mal sueño.

Sin embargo la vio a los lejos, sintió calma y supo que era el momento de empezar.