lunes, 25 de septiembre de 2017

UN SECRETO EN EL AIRE


Cuando encontramos nuestros asientos una señora de aproximadamente setenta y tantos años de edad ya ocupaba el suyo al lado del pasillo. Muy amablemente se paró para poder ocupar nuestros lugares. Ella cargaba una caja de regalo, por los dibujos del papel que lo envolvía era para un bebé.

Nos sentamos y nos abrochamos nuestros cinturones listos para el despegue. Una aeromoza se acercó a la señora y le solicitó que guardara en los compartimientos superiores el regalo que abrazaba tan celosamente. La mujer cambió su dulce actitud y le dio una mirada fulminante con un rotundo ¡No! La aeromoza solo atinó a sonreír mecánicamente mientras se alejaba.

Durante el trayecto la mujer no dejaba de mirarme. En realidad no a mí sino a mi creciente panza de  cinco meses de embarazo. Su mirada era tierna y cuando se encontraba con la mía manteníamos una conexión. Era raro. Quizás era ese instinto maternal que toda mujer posee en su interior, el cual ahora afloraba en el ambiente a 10 mil metros de altura sobre el nivel del mar.

Una patada de mi bebé me sobresaltó, reacción que fue inmediatamente percibida por la señora que inició la conversación.

-          ¿Te dolió? Me preguntó mientras posaba su mano en mi vientre tras observar mi mirada de aprobación.
-          No mucho sólo me sorprendió.
-          Es normal yo tengo tres hijos y los tres me pateaban mucho. Al decir esto la señora se quedó pensando y miró al vació durante casi un minuto.
-          ¿Va a un baby shower? Fue lo primero que se me ocurrió preguntarle por el regalo que cargaba.
-          Sí. Voy a ser abuela por primera vez.
-          Felicitaciones. ¿Será niño o niña?
-          Es una niña.
-          La mía también será niña.

Ambas nos quedamos sonriendo mutuamente cuando un fuerte remezón nos sacó de nuestra nube de amor maternal.

-          Señores pasajeros por favor abrocharse los cinturones estamos pasando por una zona de turbulencias. Dijo la voz mecánica de la aeromoza.

Mientras mi esposo preocupado y presuroso me colocaba el cinturón de seguridad, al voltear a ver a la señora me di con la sorpresa de que no estaba en su asiento. Me preocupe y llamé a la aeromoza para que vaya a buscarla al baño. Era el único lugar a donde pudo haber ido.

Los remezones estaban fuertes pero mantenía la suficiente calma como para dársela a mi esposo y a mi bebé. Sin embargo lo que ahora me preocupaba era el paradero de la señora que no regresaba a su asiento ya habían pasado cinco minutos.

Mi preocupación aumentó cuando la aeromoza pasó corriendo en busca de su compañero. Otros dos hombres que eran pasajeros también fueron detrás de ellos. ¿Qué estaba pasado? Mi angustia hizo que mi bebé empezara a dar pataditas. Mi esposo estaba muy tenso intentando calmarme o mejor dicho calmarse a él mismo. Era un poco nervioso pero sólo se preocupaba por mí y nuestra bebé.

A los quince minutos desde que la señora desapareció de su asiento. La aeromoza vino a llevarse sus cosas entre ellas el regalo para su nieta.

-          Señorita ¿Dónde está la señora?
Le pregunté un tanto desesperada. La aeromoza miró a mi esposo como buscando su aprobación para ver si era prudente decirme algo por mi estado de gestación.
-          Responda ¿ella está bien?
-          Sí señora, sólo cálmese no puede agitarse piense en su estado.
-          ¿Qué le pasó?
-          La señora Rivas sólo está un poco confundida. No queremos que les cause ningún inconveniente por eso terminará el vuelo en otra zona del avión.

 ¿Confundida? ¿Inconveniente? ¿Qué rayos estaba pasando? Aproveche que la turbulencia había parado y me fui al baño. Le pedí a mi esposo que me dejará sola que estaría bien y a pesar de su insistencia logré convencerlo.  Lo cierto era que quería buscar a la señora Rivas y logré ubicarla.
Estaba sentada al fondo, sola y con la mirada perdida. Me acerqué algo temerosa y busqué su mirada.

-          Señora Rivas ¿Se encuentra bien qué fue lo que pasó?

No me dijo nada sólo se quedó observando fijamente mi vientre cuando de pronto en sólo milésimas de segundos sentí un golpe en mi cabeza y me hallaba en el suelo. La desquiciada mujer estaba sobre mí  gritándome:

-          ¡Devuélveme a mi nieta! ¡Tú te la robaste! ¡La tienes ahí escondida! ¡Dámela!

Lo último que recuerdo fue el rostro preocupado de mi esposo y dos hombres sosteniendo a la enfurecida señora Rivas. Luego todo oscureció.

TERROR EN EL AIRE

Policía captura a “abuela asesina” mientras atacaba a mujer embarazada en avión

Después de casi un año en la clandestinidad la policía logró capturar a GUADALUPE RIVAS MÁRQUEZ (74) acusada de secuestrar y asesinar a su nieta de apenas 2 meses de nacida. Los efectivos lograron atraparla en el avión que cubría la ruta Lima – Trujillo. 

Uno de los pasajeros de dicho vuelo conversó con nuestro reportero  y aseguró que Guadalupe Rivas  golpeó en la cabeza a una mujer embarazada utilizando una sonaja de metal que guardaba en una caja de regalo. Minutos antes la septuagenaria se había escondido en el baño al darse cuenta que dos policías de civil la estaban siguiendo.

Se supo que la joven madre agredida se encuentra estable al igual que el bebé que lleva en su vientre.  Los familiares de Guadalupe Rivas evitaron pronunciarse sobre su captura.  Sólo su hijo, padre de la bebé asesinada, dijo brevemente  “La justicia seguirá su curso”.  
Como se recuerda la bebé de dos meses fue reportada como desaparecida en diciembre del año pasado y una semana después su cadáver apareció en un descampado en Lurín junto a una nota que decía “Perdónenme yo también sufro por mi nieta”.


Aún sigue siendo un misterio que fue lo que motivó a Guadalupe Rivas secuestrar y asesinar a su propia nieta. Estas interrogantes deberán ser resueltas en la Dirincri en Lima.

lunes, 28 de agosto de 2017

UNA ROSA FUI


La última vez que la vi tenía los labios secos, los ojos hundidos y la redondez de su cara fue reemplazada por unos pómulos marcados que reflejaban angustia.

Ojalá le hubiera dicho algo, ojalá me hubiera preocupado realmente por ella. Mis preocupaciones triviales me convirtieron en un ser frío que ahora se descongela al saber lo que Rosa ocultaba.

Era una chica que andaba ilusionada de todo. Siempre daba vueltas por toda la tienda tarareando su canción favorita “Desesperada” de Marta Sánchez.  Nadie podía imaginar que el título de aquella canción sería la premonición de su vida días después.

En la tienda éramos cuatro chicas: Sonia, Thalía, Rosa y yo. De todas Rosa era la más joven recién había cumplido 23 años.  En su primer día de trabajo estaba muy entusiasmada con juntar dinero para poder viajar y conocer más del Perú. Quería ir a Puno.

Un día una misteriosa rosa apareció sobre el estante de la tienda con una pequeña nota que decía “Una rosa para Rosa”. Estaba enamorada. El hombre en cuestión era un misterio para nosotras. Nunca vino a buscarla al trabajo.  Sólo sabíamos que se llamaba Ernesto y tenía 30 años.

Nos pareció rarísimo que Rosa no nos cuente más de su vida amorosa con Ernesto, considerando lo habladora que era. Al poco tiempo  su actitud cambió. Se volvió  muy reservada y cada vez que hablaba por teléfono con él se iba al baño o salía a la calle para que no escucháramos.

Ninguna de nosotras se preocupó por este cambio en el humor de Rosa. Particularmente tenía muchos problemas por resolver como juntar más dinero para alquilar mi nuevo departamento, comprarme el celular de última generación que tanto anhelaba  y conquistar el amor de Diego.

Ahora todo suena tan estúpido e irrisorio. Sin embargo Rosa pudo recuperarse de su repentina depresión y su ánimo volvió.

Nuevamente empezó a tararear su canción favorita y a los pocos meses nos presentó a su nuevo novio. Se fue con él a Puno y se tomaron muchas fotos en el Lago Titicaca. Al menos eso intenté imaginar cuando unos días después  de su extraña desaparición, encontré en su casillero un sobre con una breve nota junto a una rosa marchita.

“Ernesto hoy perderé a nuestro bebé. Ahora podrás ser feliz con tu esposa. Te devuelvo tu rosa tu devuélveme a la Rosa que un día fui”.


Aquella nota no enviada fue lo último que supimos de ella. Su familia aún continúa buscándola.

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL SEXTO ESCALÓN


No pudo mantener el equilibrio y cayó por la escalera. La vi en cada peldaño en cámara lenta. Su cansado y pesado cuerpo sólo se dejaba caer sin poner el más mínimo esfuerzo. La película se detuvo en el sexto escalón.


Tenía tres hermanas mayores que siempre me engreían. Mi mamá me acurrucaba y me protegía del frío. Yo era su favorito, es verdad. Mis hermanas eran más independientes y siempre jugaban por toda la casa que era compartida por tres familias incluida la mía. Era una pensión.

En la noche cuando las luces se apagaban se escuchaban los ronquidos de Saúl, nuestro vecino. A mí no me gustaba para nada él. Cada vez que mi mamá y yo nos acercábamos para recoger la leche que nos dejaban en la puerta, siempre nos miraba con desprecio y decía palabras que no lograba entender. Mi mamá decía que era un extranjero.

Pero creo que los extranjeros éramos nosotros porque las otras dos familias si se entendían entre sí, no hablaban nuestro idioma, eran más altos y siempre estaban muy ocupados. A mí me gustaba jugar con Camila. Era una niña de 7 años. Aunque no entendía ni una de sus palabras siempre tenía una mirada noble y era amorosa conmigo. Nos volvimos inseparables.

Un día mi mamá me dijo que mis tres hermanas iban a mudarse a otra casa porque la esposa de Saúl, Irma, dijo que ya éramos demasiados en la pensión. Mis hermanas ya estaban grandes así que podían valerse por sí mismas, así decía mi mamá.

Cuando mis hermanas partieron me sentí muy solo. Mi mamá siempre salía muy temprano , me traía la comida y me daba leche fresca. Camila también ya no estaba mucho en la casa porque tenía que ir a un lugar llamado "colegio".

Pasaron días, semanas y meses. Extrañaba a mis hermanas. Mi mamá me dijo que estaban bien que no me preocupara por ellas. Pero la verdad mi única preocupación era mi madre. Cada vez caminaba más lento y ocasionalmente vomitaba.  Una vez vomitó de casualidad en el medio de la sala. El señor Saúl y la señora Irma se molestaron. Yo me daba cuenta porque hablaban fuerte y ceñían las cejas. Pensé que nos echarían de la pensión pero afortunadamente no fue así.

El día de mi “cumple mes” número siete, Camila me regaló una chompa de lana roja. Me sentí muy abrigado aunque yo prefería el calor de mi mamá.


Ese día ella volvió tarde a la casa. Apenas entró a la sala, la abracé fuerte pero algo estaba mal. Ella tosía mucho, se le notaba muy enferma y volvió a vomitar. Esta vez el señor Saúl no se molestó, era extraño, sólo la dejó pasar hacia las escaleras.

 
¡Mamá! ¡Mamita! ¿Dónde vas? Hace mucho frío para ir a la azotea, le dije.

Intente detenerla pero Camila me abrazó, noté que estaba llorando. Todos los que vivían en esa pensión estaban mirando a mi mamá con cara de tristeza. No entendía que pasaba.

¡Ayúdenla! ¡Ayúdenla! – gritaba desesperado.

La señora Irma por fin se movió en intentó darle de beber agua, pero mi madre la ignoró y siguió subiendo. De pronto, no pudo mantener el equilibrio y cayó por la escalera. La vi en cada peldaño en cámara lenta. Su cansado y pesado cuerpo sólo se dejaba caer sin poner el más mínimo esfuerzo. La película se detuvo en el sexto escalón.

Al principio no entendí lo que pasaba. Pero Camila empezó a llorar desconsoladamente mientras me abrazaba fuerte. Entonces supe que mi madre estaba muerta. En ese instante milagrosamente logré entender por primera vez las palabras de Camila. 


"Mi gatito hermoso, tu mamita le han dado veneno pero ahora yo siempre te cuidaré, siempre".


martes, 8 de agosto de 2017

COMPRO VIDA CON MUERTE


Hilda, doña Hilda, seño, tía, mami. A cualquier llamado ella respondía siempre esbozando su amplia sonrisa. Tenía aproximadamente sesenta y tantos años. Las canas abundaban entre los pocos cabellos negros que aún le quedaban de su gastada juventud.  

Sus hábiles manos preparaban con mucho esmero “higaditos fritos” en una esquina de la transitada avenida Colón en el centro de Lima. Hilda se instaló con su carrito como todas las noches. Se puso el mandil, sacó la carne cruda, prendió el fuego y empezó a freír.

Será una madrugada más, pensó; sin embargo no imaginaba que horas más tarde se convertiría en la mujer más buscada por la policía y por toda la prensa local.

Hilda sólo vivía para trabajar y trabajaba para su niña. La pequeña estaba por cumplir 5 años, no era su hija era más bien su nieta. Ella era el motor para seguir adelante, para seguir luchando.

La medianoche había llegado y la clientela habitual empezaba a desfilar delante del carrito de Hilda. Estaba Janet que se prostituía para dar de comer a su hijo pequeño; Jorge el taxista nocturno que tenía a su madre con cáncer; Rita que vendía cigarrillos, caramelos y chocolates para pagar sus estudios  y por último Jean Pierre que comercializaba todo lo robado del día para exhibirlo en las veredas en la noche.

Cada uno tenía diferentes historias pero después de aquella madrugada se convirtieron en los personajes de una sola con Hilda como protagonista.

Todos coincidían en que vieron a Hilda irse al amanecer como siempre. Janet contó que su último cliente la dejó a una cuadra desde donde estaba la comerciante y logró verla alejarse con su carrito. Rita también la vio en ese momento mientras esperaba su combi que la llevaría de regreso a casa. Jean Pierre la divisó a lo lejos al doblar la esquina mientras guardaba cuidadosamente la mercadería que no fue vendida.

-          ¿Y tú Jorge, que viste? – dijo el capitán Soto mientras lo miraba muy de cerca.
-          Yo no vi nada jefe, yo estaba haciendo una carrera por La Molina, no volví al centro.
-          ¿A dónde fuiste entonces?
-          A mi casa vivo en Ate,  me quedaba de camino jefe.

Jorge había hecho su mejor actuación. El taxista jamás diría que fue él quien le hizo la carrera a Hilda para su casa. Tampoco diría que se desvió en el camino donde tres hombres subieron al auto y amenazaron a la mujer con una pistola. Jorge nunca revelaría que fueron hasta un solitario cajero automático en Ate Vitarte a las 6 de la mañana donde obligaron a la asustada madre a sacar los ahorros de su vida. Jorge no olvidaría el rostro golpeado y ensangrentado de Hilda mirándolo por el espejo retrovisor. Nunca confesaría a la policía que detuvo el auto en un descampado mientras su víctima lloraba. Nadie tenía que enterarse que sin ninguna pizca de piedad disparó cinco veces contra el cuerpo cansado de la sexagenaria mujer.

-          ¿Cómo conseguiste la plata hijito?
-          Mamita linda trabajando duro en el taxi. Ahora podremos operarte para que vivas muchos años más mi viejita.
-          Eres tan bueno hijo mío, tienes un lugar ganado en el cielo.

lunes, 31 de julio de 2017

LOS LUCHOS


-          ¡Mátala mierda! Esta hija de puta te quiere vender.
-          ¡Dispárale, huevón de mierda!
-           
Las voces de sus hermanos lo aturdieron. Cuatro balazos acabaron con la discusión.

Eran 3 amigos, eran delincuentes y también eran hermanos de sangre. La vida nunca fue fácil para ellos. Crecieron viendo a su madre prostituirse y siendo maltratada por muchos hombres gritándole: ¡Zorra! ¡Perra! Y demás apelativos ofensivos que llenaban de odio, rencor y un profundo vacío en sus corazones.

Luis Alfredo, Luis Gabriel y Luis Guillermo eran “Los Luchos”. Su madre, Sandra, les puso Luis en honor al abuelo que la crió. Él era lo único bueno que tuvo en su vida hasta su muerte cuando ella tenía 15 años.

-          ¿Qué pasó con tu padre? Le preguntó un policía a Luis Alfredo, el hermano mayor de 12 años.
-          A ti que chucha te importa policía maricón.
-          ¿Matoncito te crees? Hijo de perra eres.

A pesar de la miseria de sus vidas, Los Luchos eran una familia unida. O al menos eso se creía.

-          A mí me importa una mierda lo que los demás digan de ustedes, no les hagan caso a esos hijos de puta que sólo viven del chisme, nosotros somos una familia y la familia siempre está unida. ¿Entendieron mierdas?
-          Si mamá – dijeron en coro.
-           
El colorido lenguaje lo heredaron de su madre. La mujer estaba resentida con la vida. Era una drogadicta. El trabajo en el burdel no le alcanzaba para sus vicios,  por eso mandó a sus hijos  a la calle a “trabajar”.

Aunque eran unos niños,  Los Luchos eran expertos delincuentes “de al paso”, robaban carteras en las esquinas, cogoteaban a los escolares para robar sus propinas y saqueaban de vez en cuando algún puestito del mercado. Una vez le robaron una pistola a un policía y la escondieron para una ocasión especial, decían.

Luis Guillermo el menor de ellos tenía sólo 5 años. Su madre impulsada por obtener más dinero para sus vicios, decidió mandarlo a la calle a los 4 años. El pequeño apenas se daba cuenta de las cosas.  Sólo  servía de campana mientras sus hermanos  cometían los atracos.

-          ¿En qué momento llegamos a esto? ¡Mierda!
-          ¿Te puedes calmar un poco huevón?
-          ¿Cómo chucha me calmo? Esta vieja reconchesumare nos ha metido el puto dedo todo este tiempo.

Luis Guillermo no decía palabra alguna, sólo observaba atento a sus hermanos mayores que se debatían que hacer con la mujer que tenían al frente. Estaba maniatada y le habían puesto un trapo en su boca. La mujer lloraba desconsoladamente.

-          ¿Cómo la descubriste?
-          La muy perra iba a esperar que el Guillermo cumpla siete años para vendernos a unos pedófilos de mierda. La escuche hablando por teléfono. Tenía todo planeado.

El pequeño no entendía que significaba “pedófilos”, lo único que sabía era que sus hermanos estaban muy enfurecidos. Entonces fue en búsqueda de la pistola escondida. Estaba debajo de la cama. La tomó entre sus pequeñas manos y se apareció delante de ellos.

-          ¡Mierda!, Luis Guillermo deja eso sobre la mesa- dijo Luis Gabriel
-          Tranquilo hermanito, dame esa pistola con eso no se juega ¿recuerdas? – Luis Alfredo intentó calmarlo.
-          Este huevón no entiende nada.

De pronto Luis Alfredo intentó usar la psicología inversa.
-          ¡Mátala mierda! Esta hija de puta te quiere vender.
-          ¡Dispárale, huevón de mierda!

Las voces de sus hermanos lo aturdieron. Cuatro balazos acabaron con la discusión.

Cuando la policía llegó a la casa,  encontró a Sandra maniatada con un trapo en la boca, frente a ella sus dos hijos mayores muertos a balazos. No había ningún rastro del hijo menor. Luis Guillermo había desaparecido.

miércoles, 19 de julio de 2017

DALIA


El clásico sonido de los pájaros anunciaba  un nuevo día. Manuel hizo lo de costumbre. Se dirigió al baño, se lavó la cara, se cepilló los dientes, tomó una ducha y se preparó para salir a comprar el periódico.

Mientras caminaba por las calles aún vacías miraba la vereda e intentaba no pisar las rayas. Este juego mental lo trasladó en sus recuerdos hace 53 años haciendo exactamente lo mismo pero junto a Dalia.

Dalia, era su novia. La amó desde la primera vez que la vio en la facultad. Dalia era escritora y siempre estaba hablando de publicar en algún importante diario de la ciudad; quizás una columna, una crónica o mejor aún todo un libro.

Esos recuerdos hicieron que sonriera mientras a la par sonrió al muchacho del puesto de periódicos que, como todas las mañanas, le entregó su “pasatiempo matutino”. A sus 78 años, Manuel dedicaba su vida por completo a la lectura: el periódico en la mañana, un libro por la tarde e historietas por la noche. Qué diferente era su vida a la de hace 53 años. Apenas y leía los libros que Dalia le daba. 

Mientras  miraba en el espejo su rostro cansado lleno de arrugas, recordó aquella vez en que Dalia  le presentó el libro “El Retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde. Manuel ahora reflejaba el rostro de Dorian pero sólo por las arrugas no por la maldad.

Dalia siempre estaba en sus recuerdos. Nunca dejó de amarla, la siguió amando cuando se enteró que lo dejaría para irse a Europa por una beca para estudiar literatura, la siguió amando cuando se enteró que encontró por allá un nuevo amor, incluso la siguió amando cuando supo que se casaría, la siguió amando siempre pero nunca hizo absolutamente nada.

¿Qué podía hacer a estas alturas? Dalia debe ser una anciana como él, disfrutando de sus hijos, nietos, aquellos que él no tuvo, aquellos que siempre soñó. Pensó buscarla, averiguar que fue de ella, sólo de imaginar volver a verla en persona a estas alturas de su vida le produjo una extraña sensación.

Manuel pensó que la mejor forma de ubicarla era llamar al periódico en donde tantos años ella trabajó. Lo abrió y con la ayuda de una lupa, buscó en cada esquina del diario si había algún teléfono.

Fue entonces que se topó aquel nombre escrito y un fuerte temblor invadió su cuerpo. Acercando su ojo derecho mucho más de lo necesario a la lupa leyó cada letra dibujada  mientras las lágrimas se le escapaban surcando las arrugas de su rostro.

No era raro ver el nombre de Delia en el periódico pero verlo junto a una enorme cruz negra acompañada de las letras Q.E.P.D. lo fulminaron por completo.

martes, 11 de julio de 2017

A LAS SEIS DE LA TARDE

13 de Octubre de 1942

Las yemas de sus dedos apenas pudieron sentirlo. Rosario luchaba con todas sus fuerzas y con su último aliento echó a correr más fuerte pero era insuficiente. El tren se marchó y con él todas sus esperanzas, toda su vida.


7 de Octubre de 1942

Siempre a las seis de la tarde, Rosario estaba lista en su ventana para poder observarlo. A esa hora él pasaba por su calle, abriéndose paso entre niños escuálidos, ancianos con débil andar, calles llenas de basura e incluso algún cadáver que aún no era recogido, todo eso formaba parte del escenario envuelto en una bóveda gris llena de miseria. 

Pero Rosario olvidaba por un instante todo ese horror al verlo pasar. Estaba enamorada.

-       ¿De quién está enamorada Rosario? - sonó con fuerza la voz de su hermano.
-       De nadie - respondió presurosa su madre.
-       En estos tiempos el amor es una estupidez, apenas podemos ir al mercado y regresar con vida a casa. Todo por culpa de esos malditos alemanes y esta estúpida guerra que no acaba. ¡Estoy harto, cansado!

Rosario volteó a ver a su hermano y sintió el peso del mundo en sus hombros, en parte tenía razón. ¿Cómo pudo haberse enamorado? quizás era una señal, un soplo de vida en medio de tanta muerte, no lo sabía, tampoco buscaba entenderlo solo podía sentirlo.


5 de Septiembre de 1942


Rosario regresaba a su casa, ya faltaba muy poco para el toque de queda. Empezó a caminar un poco más rápido pero la aparición de un tanque de guerra alemán la detuvo en el acto. Sabía que era el fin. Se quedó petrificada al igual que otras seis personas que pasaban cerca de ahí. La calle se quedó en silencio, sólo podía escucharse la agitada respiración de aquellas siete almas desdichadas.

De pronto, Rosario sintió que alguien la agarró del brazo y la arrastró hacia un callejón. Era un joven alto, su piel era tan blanca que podían notarse las venas de su frente y cuello, sus ojos eran celestes y fríos. Rosario estaba aterrada, no supo que hacer. Después de sólo segundos intentó hablar pero sus labios quedaron sellados por completo ante el estridente sonido de cientos de balas que caían sobre aquellas siete almas miserables, en realidad seis pues la suya había sido salvada.

7 de Septiembre de 1942

Rosario no podía dejar de pensar en sus ojos celestes. Menos ahora que había salvado su vida.

-       Cómo te llamas – le dijo.
-       Rosario – le contestó.
-       No deberías estar en las calles a esta hora. Vamos te llevo a tu casa.
-       ¿Por qué lo hiciste?
-       ¿Hacer qué?
-       Me salvaste la vida, pudiste haber muerto.
-       Pero viví y tú también.

Este mismo diálogo lo repasó en su mente una y otra vez. Sus pensamientos se esfumaron al escuchar el fuerte rugir del tanque de guerra seguido de la ráfaga de disparos. Eran las seis de la tarde. Se asomó a su ventana y ahí estaba él. La miró y le sonrió.
-       ¿Cómo puedes sonreír? Muchacha insensible, aléjate de la ventana – susurró su madre que estaba escondida debajo de la mesa.

22 Septiembre de 1942

Rosario había ideado la manera de poder comunicarse con “el chico de los ojos celestes” era mejor nombrarlo así pues su nombre era muy difícil de pronunciar.  Escribía una nota y la escondía en un rincón del callejón donde se conocieron. Él también le dejaba notas. Sólo sus miradas se cruzaban a las seis de la tarde. Ella desde su ventana, él desde la calle y una sonrisa cómplice era suficiente para alimentar su amor.

12 Octubre de 1942

-       ¡No subas a ningún tren, huye! –
Las palabras de aquella nota, fueron extrañas. ¿Qué significaba? Rosario encontró la respuesta al día siguiente.

13 de Octubre de 1942

Rosario bajó resignada las escaleras, los soldados habían llegado a su edificio y desalojado a todas las familias incluida la suya. Iban a ser llevados a un campo de concentración donde estarían más seguros, donde habría agua, alimentos y medicinas. Eso dijeron.

Llegaron a la estación de trenes y todo se veía normal. Lo que más le daba pena era que no se pudo despedir de su amado “el chico de los ojos celestes”. En ese momento recordó la nota y al ver la falsa sonrisa de los alemanes observando a aquellos que subían al tren, comprendió el mensaje.

-       Era eso, nos van a matar – gritó.
-       ¡Cállate loca! – dijo su hermano.  Nos iremos a un lugar seguro.
-       ¡Nooo! ¡Nos matarán! – gritó aún más fuerte llamando la atención de los soldados.

Sus padres intentaron calmarla. Y su madre le tapó la boca con su mano.

-       No pasa nada sargento, le da un poco de miedo los trenes nada más, estará bien – dijo su madre intentado parecer cordial.

Pero los temores de Rosario desaparecieron en el momento en que lo vio. Estaba parado en el último vagón de otro tren. Estaba como siempre uniformado, tímidamente le sonrió y alzo su brazo izquierdo para despedirse. El tren empezó a moverse. Impulsada por su desesperación de no volverlo a ver, se lanzó a correr detrás del tren.

-       No, no te vayas, ayúdame – gritó desesperada Rosario. Mientras un estruendoso ruido se oyó detrás de ella.

Las yemas de sus dedos apenas pudieron sentirlo. Rosario luchaba con todas sus fuerzas y con su último aliento echó a correr más fuerte pero era insuficiente. El tren se marchó y con él todas sus esperanzas, toda su vida.

Rosario notó que el rostro de su amado también se invadió de tristeza y sus manos taparon su rostro.

Al voltear de regreso a la estación. El reloj marcaba las seis de la tarde. Rosario encontró a sus padres llorando y a una muchedumbre rodeando su cuerpo sin vida sobre los rieles del tren.



lunes, 3 de julio de 2017

EL ÚLTIMO DISCURSO

Las manos le sudaban. Disimuladamente intentaba limpiarlas en su pantalón. Estaba frente a la mirada atenta de decenas de personas que apagaban el sonido de sus murmuraciones.
Ella estaba lista, se supone que ensayó muy bien para este momento. No  era precisamente lo que esperaba. Sin embargo la vio a los lejos, sintió calma y supo que era el momento de empezar.

En la casa no se oía nada salvó el sonido frenético del teclado durante horas. Esta adolescente era muy perfeccionista algo neurótica a veces, bueno en realidad siempre. Quería tener la mejor exposición para el final de sus clases de oratoria.
Podía imaginarse  el rostro cansado de su maestro que siempre se iluminaba con una sonrisa al verla, orgulloso de su trabajo. Podía escuchar los murmullos de aquellas antipáticas de su clase que siempre buscaban criticarla por algo. Podía percibir el aroma del chocolate caliente que tomarían todos juntos al terminar con las exposiciones y podía escuchar la ruidosa orquesta de los carros que transitaban por la convulsionada avenida Alfonso Ugarte.
Todo podía, menos imaginar lo que estaba a punto de pasar.

El gran día llegó. Tenía previsto despertarse muy temprano para volver a repasar las líneas de su “majestuoso discurso”, se sentía viva al narrarlo, poderosa, decidida y sobre todo fuerte. Sin embargo aquella mañana inusualmente entró su papá a verla, eran cerca de las seis de la mañana.

El auditorio estaba listo, el gran momento había llegado. Las manos le sudaban, en realidad nunca estuvo preparada para este momento.
Su maestro orgulloso no estaba presente, más bien estaba el rostro cansado y triste de su padre. No habían murmullos de las chicas antipáticas estos fueron reemplazados por los de sus tías y vecinos. Intento volverse a imaginar el olor a chocolate pero sólo pudo percibir el fuerte olor de las flores. Mucho menos había carros ruidosos, sólo había un féretro inmóvil con el cuerpo sin vida de su hermana mayor.
Apenas cinco minutos antes, sabía que ella tenía que dar las palabras de agradecimiento ante sus familiares, amigos y vecinos que ahora acompañaban  el dolor de la partida. Sabía que en ese mismo instante sus compañeros pasaban nerviosos sus exposiciones, deseó estar ahí con la convicción de lo que ahora vivía era un mal sueño.

Sin embargo la vio a los lejos, sintió calma y supo que era el momento de empezar.

martes, 8 de septiembre de 2015

LA CHICA DEL FAROL

Estaba sola y aquella luz pálida la iluminaba en el vacío parque cerca a la medianoche.
-¡Carlaaaaa!!!!
Aquel grito penetró el silencio de la noche y Julio corría desesperado hacia ella;  pero Carla no lo oyó, tampoco lo vio quizás porque Carla nunca existió.

-          ¿Cómo fue que la conociste?
-          Estaba en el malecón, la alumbraba el viejo farol del parque.
-          ¿Y qué le dijiste?
-          Nada no pude acercarme, pero ella me sonrió.


Julio con apenas 19 años regresó a su casa sintiéndose un cobarde por no haberle hablado a la “Chica del farol”, así la nombró  ya que no tuvo el valor de acercarse a preguntarle su nombre.

-          Quizás mañana logre encontrarla – se dijo así mismo tratando de  darse ánimos.

Al día siguiente en la noche Julio nuevamente la vio. Llevaba un vestido azul que le llegaba a las rodillas. Usaba medias blancas y unos zapatos negros de charol. Su larga cabellera estaba atrapada en una trenza. Solitaria observaba el mar.

-          Hola – dijo tímidamente Julio
-          Hola
-          ¿Qué haces?
-          Nada sólo observo el mar.

Julio pudo notar lo hermosos que eran sus ojos, eran azules. Tenía la piel muy blanca y labios rojos.

-          Y… ¿por qué estás sola?, no te da miedo esta oscuridad, si no fuera por este farol estaríamos en tinieblas.
-          Me gusta esta tranquilidad – dijo la joven mientras se ordenaba un mechón de cabello que cayó por su ojo izquierdo.

Julio se animó y tomó su mano izquierda, la sintió muy fría más de lo normal pero no le importó. Inmerso en un laberinto de emociones Julio no pudo resistirse, se acercó aún más a ella y la besó.

-          ¿Cómo es que no le has preguntado su nombre?- dijo fastidiado su hermano
-          No sé, simplemente me invadió el deseo de besarla y ella me correspondió.
-          ¿Y donde vive?
-          Vive en la casona blanca en la bajada a la playa. Yo mismo la acompañe y la deje en su puerta.
-          ¿En la casona blanca dices?
-          Sí, ¿por qué?
-          Nada hermano, olvídalo
-          ¿Qué sucede?

El hermano de Julio dudo pero finalmente dijo:

-          Esa chica está loca y por cierto se llama Carla.
-          ¿Qué demonios estás hablando?
-          Está loca, demente, es más nadie jamás la ha visto.

La incredulidad llenó por completo el rostro de Julio.
-          No entiendo, ¿cómo sabes que está loca si dices que nadie la ha visto?
-          Por qué lo he leído.
-          ¿Dónde?

Julio levantó un periódico donde decían que Carla Stain, era una joven que padecía de esquizofrenia y fue encerrada en la casona Blanca. Estaba al cuidado de una enfermera quién se suponía debía cuidarla pero al parecer no lo hizo porque Julio sí la vio.

-          ¡¡¡¡No puede ser!!!! Se veía tan normal, no puede ser ella.

Julio salió corriendo hacia la casona blanca quería verla pero ahí nadie respondió. Entonces fue a buscarla al parque.
Estaba sola y aquella luz pálida la iluminaba en el vacío parque cerca de la medianoche.

- ¡Carlaaaaa!!!! ¡Carlaaaaa!!!!
- Basta Julio, ¡Despierta! ¡Despierta!

Julio abrió los ojos y vio el techo completamente blanco, toda la habitación estaba blanca. Se vio amarrado a una cama de hospital y a un médico que lo miró cariñosamente y le dijo:

-          Olvídate de Carla, tú puedes superar tu esquizofrenia. Entiende que Carla no existe.
-          ¿Esquizofrenia? No estoy loco, ¿Dónde está mi hermano?
-          No tienes hermanos Julio, trata de calmarte.
-          ¿Qué me han hecho? ¡Sáquenme de aquiiii!!!!!!!

Y entonces un suave pinchazo en el brazo lo llevó al más profundo sueño.