martes, 11 de noviembre de 2014

El Abuelito



Me imagino cómo sería mi vida si llegará a los noventa años. Con mis primeros pensamientos más superficiales me veo horrible y llena de arrugas. Luego lo pienso mejor y me veo rodeada de nietos haciéndome cariño.

-          ¿Quién ha apagado el televisor?

-          Seguro ha sido el abuelito.

-          Pero si estoy viendo, no puedo pestañear un rato y encima lo desconecta.

Unos pasitos cortos pero rápidos se oían venir desde el pasillo.

-          ¿Qué tanta bulla están haciendo?

-          ¿Por qué apagas el televisor?

-          Nadie está viendo se gasta la corriente, carajo.

Ése era el abuelito. Inmediatamente después de renegar su rostro cambió completamente para regalarme una sonrisa.

-          ¿Cómo estas hijita, cómo están tus papis?

Esa es la pregunta que siempre abre nuestra breve conversación.

-          Bien, señor muchas gracias.

Se da media vuelta y con sus pasitos cortos pero rápidos se aproxima a uno de los muebles y se sienta a no hacer nada.

Es delgadito, su rostro está lleno de arrugas, su cabello está cubierto de canas pero su fortaleza es envidiable.

-          Ser anciano es lo peor que puede pasar, todo me duele – me dijo quejambroso.

-          Pero usted está fuerte – le grito pues es algo sordo.

-          No hijita, me duele todo, mi espalda, mi cadera, ser viejo es una desgracia.

Una desgracia pensé. Qué profunda es esa palabra, definitivamente no quiero llegar a los noventa y sentirme así.

Nuevamente mi mente viaja en el tiempo y tengo 90. Pienso en mi caminar lento, en que quizás mi visión esté peor, me imagino tomando el tren eléctrico y que nadie me seda el asiento, pienso en las largas colas en el hospital y en mi encuentro diario con la farmacia. Me imagino alimentado a un perrito que quizás se convierta en mi única compañía.

-          Cómo la extraño a mi amor – me dice en un suspiro el abuelito y continúa – Ella ya se fue al cielo y yo la extraño mucho, ya sin ella para qué vivir.

-          No diga eso abuelito usted va a vivir cien años más.

Me miró sonriente y se puso a reír. Luego con sus pasitos cortos pero rápidos se fue a su habitación. Y en el camino nuevamente lo gruñón apareció.

-          ¿Por qué no le han dado de comer al perro?

-          Ya comió papá.

-          Su plato está vacío.

-          Que ya comió papá.

Y molesto salió al patio con el plato de comida del perro para darle nuevamente de comer caminando con sus pasitos cortos pero rápidos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Cómo se lo digo?


 
Apenas y llegué a la esquina lo vi llegar y rogaba que no estuviera lleno.
-          Sube, sube – decía el cobrador de bus.
Gracias al cielo había un lugar al fondo y me apresuré a sentarme. Ya instalada pagué mi pasaje y me dispuse a leer para no desperdiciar mi hora y quince minutos que aproximadamente me demoro en llegar a casa.
Mi lectura fue interrumpida por el joven que se acababa de sentar bruscamente, por el movimiento de carro, al costado mío.
Lo miré con rabia por no tener más cuidado pero él me miró con una amplia sonrisa acompañada con una disculpa. No pude evitar reírme al verlo, y juntos nos reímos de la situación. Mientras esto sucedía rápidamente me llegó el siguiente pensamiento: “Cuidado, no le sigas sonriendo, tú tienes novio deja la coquetería y ponte a leer”
Eso hice, pero aquel joven ya había empezado a hablar y lo peor era que hablaba muy bajito.
-          ¿Cómo dices? – dije acercándome un poco.
-          Que pensé que te había golpeado el hombro, es que justo el carro giró.
-          No, no te preocupes estoy bien.
El chico estaba con ropa deportiva, parecía que venía de jugar fútbol. Llevaba una mochila inmensa que debía pesar mucho. Por su forma de hablar me di cuenta que no era de Lima, aunque él lo negó apenas se lo dije.
-          Mi familia es de Chiclayo, dijo finalmente.
Era de tez clara, cabello negro y una hermosa sonrisa acompañada de unos ojos muy vivaces. No pude evitar mirarlo con una amable sonrisa. Aquel joven irradiaba ternura. No tenía nada de malo conversar con un desconocido si éste te agrada, pensé. Además estoy en el bus y cuando baje todo acabará, conversar con alguien amenamente no tiene nada de malo, así pensaba y pensaba para no sentirme culpable por mi novio.
Ya estábamos llegando a la avenida El Ejército y continuamos conversando. Supe que se llamaba Manuel tiene 19 años, está estudiando para postular a la universidad y vive con sus padres en Chorrillos. Cuando de pronto vino la pregunta incómoda que supuse iba a llegar con tanta risita de por medio.
-          ¿Me das tu número de celular?
-          Claro que no, le dije.
-          ¿por qué?
Debí decirle  que soy una chica con novio y que no estoy interesada de hacer amigos mucho menos menores que yo, pero sólo atine a decir:
-          No doy mi número a desconocidos – dije firmemente.
El sonrío y prefirió quedarse callado un momento. Entonces me sentí algo apenada y recordé las chocotejas que me enviaron desde Ica. Las saqué y le invite una.
-          Toma, son de Ica.
-          Gracias - me dijo y la guardo en su mochila.
-          ¿No te la vas a comer?
-          No, porque nunca se sabe que puede darte un desconocido menos si es mujer.
Al decirme eso me miro fijamente algo fastidiado y miré hacia la ventana. Qué rayos pasó. Estábamos conversando tan bien pero aquel muchachito se molestó porque no le di mi número de teléfono. Bueno había llegado el momento de hablarle de mi novio, tenía que hacerle “el pare” y que sepa que yo no soy parte de sus posibles conquistas.
Manuel sacó un papel y me pidió mi nombre para ubicarme en facebook. No tuve problema en dárselo.
-          Con mi nombre me ubicas vía facebook y ahí si quieres podemos conversar.
-          ¿Por facebook me darás tu celular?
Sin saber que decir, sólo me reí. Ya no había necesidad de decir nada en ese momento pues si me iba a buscar por la red social vería mi sonriente foto de perfil abrazada a mi novio.
Con ese pensamiento me sentí más tranquila y a la vez algo triste, era evidente que Manuel me estaba “floreando”  y me coqueteaba. En fin, han pasado tres días desde aquel encuentro y no he recibido ninguna solicitud de amistad de Manuel.
Me imagino a Manuel emocionado buscándome en la red social, con la misma sonrisa con la que se despidió de mí cuando baje del carro, con la misma sonrisa coquetona que me dio cuando el bus avanzó y yo me quede en el paradero, aquella sonrisa que de seguro desapareció al verme bien abrazada a mi novio en mi foto de perfil, aquella sonrisa que ahora pasará a mis recuerdos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

MI ENCUENTRO CON LA OSCURIDAD


-          Vamos se hace  tarde.
-          No mejor no, tengo miedo, no puedo hacerlo.
-          No pasa nada, confía en mí.

Al llegar todo se tornó oscuro y Sandra se desmayó.

Eran aproximadamente las 7 de la mañana. Sandra, como siempre, tenía problemas para despertar temprano.

-          Ya despierta vas a llegar tarde.
-          Ya voy.
-          Apúrate, ya no te voy a volver a avisar.

Entre empujones logró avanzar hasta la parte central del micro intentado buscar alguna comodidad en tal convulsionado transporte público. Se topó con la mirada de Eduardo. Sí, Eduardo de aproximadamente 35 años, bigotes, pelo corto, y con su clásica camisa azul. Sandra lo conoció en el micro y jamás le hablaba. Ella le lanzaba una tímida mirada a sus cortos 16 años.

-          ¿Qué se supone qué estás haciendo?- dijo el amigo de Eduardo.
-          No tiene nada de malo.
-          Estás loco es una niña, a lo mucho debe tener 15.
-          No exageres.
-          Claro que exagero, la conozco.
-          ¿En serio?
-          Claro que no. Sólo sé que es una niña y no hagas estupideces.

Estupideces, pensó Eduardo. No hago nada malo soy un hombre maduro y cauto. Con estos pensamientos estuvo toda la tarde barajando la posibilidad de hablarle por primera vez a Sandra. Total, ella ya no era una niña, al menos eso decía su cuerpo que en más de una oportunidad se detuvo a ver, claro sin que ella se diera cuenta. Eduardo se consideraba un hombre respetuoso.
Desde las 6 de mañana,  Eduardo ya estaba listo. Hoy era el día. Después de mucho meditarlo hoy se atrevería por fin a dirigirle la palabra a Sandra y estaba incluso dispuesto a invitarle a salir.
Ya se acercaba al paradero en donde ella subiría pero no apareció. Tampoco lo hizo al día siguiente.

-          Mañana es domingo no creo que tampoco suba.
-          Bueno mañana tampoco hay clases en su academia – Dijo Eduardo algo entristecido.
-          Tómalo como una señal. No era buena idea involucrarte con una niña.
-          ¡Que no es una niña! Ya me tienes harto con eso.

Con evidente molestia, Eduardo abandonó a su amigo y se dirigió rumbo al paradero a tomar su micro.
Al llegar divisó a Sandra. Estaba muy abrigada: con gorra, guantes y chalina. Pudo distinguir lágrimas en su rostro.

-          Hola, ¿Sandra verdad?

Ella volteó sorprendida y sin decir ni una palabra empezó a caminar con dirección al parque municipal.
Eduardo sorprendido y algo decepcionado la siguió. Era evidente que algo no estaba bien.

-          Sandra, Sandra ¿qué sucede,  por qué lloras?

Sandra seguía avanzando, esta vez aceleró el paso y terminó corriendo. Eduardo también corrió hasta alcanzarla y se puso delante de ella.

-          ¿Qué sucede Sandra?

Ella lo miró y dejó notar su rostro empapado en lágrimas pero no dijo nada. Sólo sacó un pañuelo y se limpió el rostro. Luego dio unos pasos más hasta una banca cercana en donde se sentó. Eduardo se sentó junto a ella.

-          No sé qué te pasa, sé que no me conoces personalmente. Me llamo Eduardo, nos hemos visto muchas veces en el micro.
-          Sí, te recuerdo.
-          Ya sé que soy un extraño para ti, pero no me gusta verte llorando
-          Es algo inevitable.

Sus ojos se volvieron a inundar de lágrimas. Esta vez buscó el regazo de Eduardo y éste la abrazó sin decir ninguna palabra.
Juntos se quedaron ahí en silencio mirando a la gente pasar: Una niña paseaba en bicicleta. Un perro se corría de su alborotado dueño que gritaba su nombre sin parar. Una pareja de enamorados se daban el último beso antes de que ella suba a su taxi. Y así la vida continuaba y el silencio de ambos también.

-          Está muerta.
-          ¿Cómo dices? – Dijo sorprendido Eduardo.
-          Mi hermana ha muerto.

Eduardo no supo qué decir. Sandra sólo atinó a volver a abrazarlo y él le acarició su cabeza.
Pasado algunos segundos. Eduardo por fin habló:

-          Se está haciendo tarde, si quieres te acompaño a tu casa.
-          No puedo todo el mundo está ahí, la están velando ahora.
-          Vamos se hace  tarde.
-          No mejor no, tengo miedo, no puedo hacerlo.
-          No pasa nada, confía en mí.


El tumulto de gente vestida de negro era la señal de que habían llegado.

lunes, 30 de junio de 2014

¿Te pasaste al otro equipo?


-          Gooool carajo, bravo mierda
-          Así se juega, goooolllll
-          ¡Ya basta! La Giuli se asusta – grito enfadada mi madre.
Un tremendo bullicio estallaba en casa mientras en el televisor un hombre de tez morena celebraba un gol junto a sus compañeros que vestían la camiseta blanquiazul.
Yo con apenas con 8 años de edad observaba la escena asustada y sorprendida. Mi padre y mi padrino gritaban como locos, golpeaban la mesa y saltaban frente al televisor. Hasta los perros de la cuadra no paraban de ladrar y el gatito que se encontraba dormido sobre una de las sillas, salió disparado por las escaleras hacia el techo.
-          ¿Qué pasó?
-          Gol de Alianza hijita, somos campeones carajo.
-          Claro Giulita tu también celebra todos somos “Alianza Corazón”.
Y es que desde pequeña el equipo “de la pelota de trapo, testigo del primer gol”  fue, es y será parte de mi vida: mi padre, mis tíos, mis primos (salvo dos excepciones) son hinchas acérrimos del cuadro blanquiazul.
-          Tengo que ponerme este polo – dije algo desconcertada.
-          Claro tienes que ponértelo todos al estadio van con su polo- dijo mi novio.
-          Pero…
-          No nada de peros, al estadio se va con este polo.
Y sin tiempo de decir nada me consumió en un cálido beso.  No dije más. Aceptaría ponerme lo que él quiera pues estaba peligrosamente embelesada con tanto amor de su parte.
-          Métete pues huevón. Pásale rápido, ya pateaa – decía mi padre observando detenidamente el fútbol.
Yo sabía que mientras eso pasaba, no podía interrumpirle  sería un sacrilegio hacerlo. Como no podía luchar contra el fútbol y conquistar la atención de mi padre entonces decidí “unirme al enemigo” y empecé a mirar la televisión.
Lo que más me llamó la atención era cuando las cámaras enfocaban a la gente en las tribunas. Por el lado sur todo era blanquiazul mientras la zona norte se vestía de crema.
-          Mierda, ya empezó el clásico – decía mi primo Javier que acababa de llegar a casa.
-          ¿Qué es un clásico? – le pregunté a mi primo que me miró con desdén y pude notar en su mirada un ¿y tú que demonios haces acá?
Pero mi mirada de “gatito de Shrek” que tenía a mis ocho años pudo más que su apuro por ver el fútbol y me explicó: Un clásico es una guerra declarada entre las “gallinas” de la U y nosotros.
-          ¿Quiénes somos nosotros?
-          Somos Alianza Lima, pues corazón, recuérdalo siempre.
Ese recuerdo atravesó mi mente mientras mi novio terminaba de darme tan rico beso. Precisamente el domingo iríamos juntos al estadio a ver jugar “al enemigo” de Alianza Lima: Universitario de Deportes. Los cremas se enfrentaban al equipo de Sporting Cristal.
Después del beso y de pasar ovillados parte de tarde, mi novio y yo salimos a comprar las entradas, que dicho sea de paso se compra con DNI para que tu nombre figure en tu entrada. Me pregunto si para los partidos del mundial son tan rigurosos cómo acá. Bueno después de los tantos acontecimientos de violencia registrada en un partido de fútbol las cosas han cambiado.
El día esperado llegó y el momento esperado también: iba a ponerme el polo del “enemigo”.
-          ¿Cómo? – dijo sorprendido mi papá.
-          Dije que es de la U, papá.
-          ¿De la U dijiste? Empezamos mal Giulita – Decía mi padrino
Mientras me ponía la camiseta crema, otro pensamiento familiar recordó el día en que le dije a mi papá y padrino que mi novio, aquel hombre que amaba con locura, era del equipo rival de su adorado club que lanzó  al  “nene” Cubillas.
-          ¿Y ahora qué te pasa? – me pregunto contrariado y algo gruñón mi novio.
-          Nada- dije secamente yo.
-          Dime ¿Qué te molesta? Te conozco y ahora qué pasa con el polo.
La verdad era  que me sentía mal ponerme la camiseta de la U, después de tantos partidos en casa junto a mis padres, gritando “Arriba Alianza” sentía que los traicionaba. Sin embargo no quise defraudar a mi novio y opté por decirle una respuesta más superficial.
-          Creo que no me queda el color crema, yo que soy pálida no cae con mi piel – dije tratando de imitar cierto fastidio.
-          No mi amor, te queda lindo el crema - dijo cariñosamente mi novio quién me apuró para salir rumbo al estadio.

Yo corría con todas mis fuerzas y lo peor era que no podía alcanzarlos. Adelante mi padre, mi padrino y mi primo iban a toda prisa, no sabía a dónde y qué iban a hacer pero de lo que estaba segura era que se alejaban de mí y eso me provocaba gran temor.
-          Mierdaaaa, gol por la concha de su madre.
-          Bravo carajo, arriba alianza, carajoooo goooolll.
Los gritos llenos de lisuras de mi padre, padrino y primo me despertaron de mi pesadilla. Y es que las lisuras o llámese palabras soeces siempre están presentes en la celebración de un gol. A mis ocho añitos me sorprendía escucharlas  en cambio ahora que estaba con mi novio haciendo la cola de ingreso al estadio más bien era raro que tus oídos no atrapen al menos un par de “buenas lisuras”.
-          Oye conchetumadre, no te coles.
-          Fuera mierda, haz tu cola huevón.
Llegamos a las 2 de la tarde. El partido empezaba a las cuatro y la cola avanzaba tan lento como las reformas del actual gobierno.
El sol quemaba nuestra espera y ni qué decir del bullicio de las combis, custer y taxis que transitaban la avenida 28 de Julio además de los innumerables vendedores  ambulantes que hacían su “agosto”.
-          Compro entradas, vendo entradas, compro si te sobra entradas – decía una robusta mujer mientras se paseaba por el lugar.
La carretilla de gaseosas  “a china” fue la más  solicitada seguida de la señora que vendía arroz chaufa con tallarín a “luca china”,  el almuerzo al alcance de bolsillo; también estaban los infaltables platos de higadito frito con su yuquita. Pero esto era un evento deportivo y los polos cremas y demás souvernis de la hinchada de “Lolo Fernández” también vendieron harto  a excepción del señor de las gorritas. Las gorras estaban bonitas, particularmente me gustaron pero noté que nadie las compraba. Será por el calor pensé pero la respuesta la supe cuando ingresé a la explanada del estadio.
Cuando estamos por ingresar llegó la policía montada y cómo era predecible el público se emocionó al ver la grandeza y elegancia de los caballos. Uno de ellos,  como también era predecible,  empezó a orinar botando un gran chorro que inundó gran parte de la pista.
-          ¡Qué rico meas caballo de mierda! – dijo un acalorado hincha que pasó corriendo junto a mí  mientras  ingresábamos.

Pero volvamos a la respuesta encontrada. Resulta que las medidas de seguridad son súper extremas que pasamos por hasta por tres filtros. En el segundo nos revisaron de pies a cabeza y pude notar que precisamente los gorritos eran decomisados por  el personal de seguridad pues ante las cámaras tapan el rostro de las personas y aquí todos teníamos que estar debidamente identificados. Hubo varios que se quedaron afuera por no traer DNI y otros que juraban ser los que aparecían en la foto.
Tomados de la mano mi novio y yo ingresamos al estadio. Estaba feliz por el simple hecho de estar juntos. Lo miré con una amplia sonrisa y me respondió con un beso en la frente pero toda esa atmosfera de amor fue invadida por el hedor a marihuana que reinaba las tribunas.

 Ya instalados muy cerca a la “trinchera norte” el ambiente era de júbilo total. Los cremas cantaban a viva voz sus canciones y en sus manos unos globos rojos eran agitados. Era inevitable gritar, alzar las manos y reír.
-          Dale, dale campeón, dale, dale campeón – empecé a cantar.
Fue entonces que salieron  a la cancha los cremas y los globos rojos fueron de a pocos reventados creando más bullicio en el lugar. En toda la algarabía de pronto todo se desvaneció y nuevamente mi mente se situó en un pasaje de mi infancia.
“Se va, se va, se va el Alianza para campeón, se va, se va, Alianza Lima corazón”
-          Qué bonita canción papá.
-          Claro, tiene muy bonita letra.
-          ¿Quién la compuso?
-          El loretano Raúl Vásquez.
Mi padre y yo compartíamos la tarde de domingo  escuchando sus canciones mientras él arreglaba sus cosas.  Orgulloso limpiaba su libro empastado y con letras doradas que decía “La historia de un pueblo blanquiazul” y me mostraba fotos de los antiguos jugadores de Alianza y de aquellos que murieron en el fatal accidente del Fokker en el 87. Yo no me consideraba fanática del fútbol pero juntos compartíamos un mismo sentimiento.
Ahora de la mano de mi novio, vestida con la camiseta crema me sentí mala, traicionera, desertora de mis raíces futboleras. ¿Cómo sucedió? ¿Quién era ese hombre que de alguna manera destronó los preceptos de mi padre? Hablar de mi novio será motivo de otro escrito, pero sin duda el bichito del amor por complacerlo traspasó cualquier barrera.
Desperté de mi ensueño nuevamente con otro pestilente olor, esta vez una chica que estaba sentaba delante de mí fumaba como “chino en quiebra”. Ella estaba sentada al parecer junto a su novio y digo al parecer pues desde mi ángulo de visión pude ver los mensajitos calentones de texto que le enviaba a un tal Alonso vía WhatsApp.
Quise concentrarme en el partido e intentar comentarle algo a mi novio, pero me llamó la atención otro hombre. Alto ahí si piensas que este sujeto invadió mis más bajos instintos, no señor. Este era un barrista estaba a unos pocos metros de nosotros pero sobresalía entre los demás. Lo llame mentalmente como “el director de orquesta”. Alzaba sus brazos de un lado a otro y daba la pauta de las canciones al grupo que lo rodeaba. Lo hacía con gran entusiasmo y su rostro denotaba pasión, entrega, lucha y disfrutaba cada canción alentando a su equipo.
Y así el director de orquesta estaba atento ante las pautas oficiales del amo y señor “el jefe de la trinchera norte”. Éste escondido entre el tumulto y el éxtasis de cada barrista decidía que cántico haría tronar el estadio Nacional.
El panorama en la zona sur era desolador. Un pequeño rectángulo vertical dispersado de pequeños puntos celestes  a duras penas daba alguna voz de aliento.
En mi nuevo intento por seguir el juego en donde aún la redonda no besaba la malla del arco, mi visión se detuvo nuevamente en la barra norte. Los policías sacaban a dos barristas, al parecer revoltosos,  a punta de varazos y lo que vino después era aún mejor.
-          “Policía, policía que pena que me das, mientras vienes al estadio tu mujer esta cachandooo”
Este corillo se hizo escuchar al unísono. No puedo evitar reírme y compadecer a los pobres policías que ya deben estar acostumbrados a la reacción de las barras pero al fin y al cabo también ellos abusaban de su autoridad pues sólo Dios sabe si continuaron pegando a esos hinchas que fueron expulsados.
-          Ya gol, gol, uffff.
Cada vez que la pelota estaba a punto de entrar, los hinchas se acordaban de todas sus madres y alentaban aún más. Hasta que un pitazo del árbitro que mostró tarjeta amarilla a un jugador crema fue la causa de otra arenga dirigida cariñosamente a la madre de la máxima autoridad del juego.
-          “Árbitro hijo de puta, árbitro hijo de puta”
Acabó el primer tiempo y los nuevos protagonistas del estadio entraron en acción: “Ahí tiene los ricos sanguches de pollo”. “A sol, a sol la cancha”.  “Helados, helados”. Los vendedores se dieron paso entre las tribunas con gran habilidad y vendieron su mercadería.
-          ¿Te gusta el partido? – decía mi novio regalándome una sonrisa
-          Sí amor, pero ni un gol todavía.
-          Ya pronto, ya salen los jugadores.
Pero no miré su salida me quedé mirando a mi novio. Él al igual que toda la barra vivía el momento de esa pasión llamada fútbol. Yo apenas podía sentir curiosidad, curiosidad por cómo terminarán las gargantas de toda esa gente que grita, por cuánto habrá ganado la señora del pan con pollo, por lo que les habrá pasado a los hinchas revoltosos, por la pobre madre del árbitro, por los caballos de la policía montada,  por cómo ingresó la marihuana al estadio, por las esposas de los policías, por los baños del estadio  y por cómo estarán los pulmones de la chica frente a mí que por fin dejó de fumar.
El pitazo final llegó y con él la ilusión de un gol. Los jugadores abandonaron la cancha al igual que los pocos hinchas de Cristal asistentes que en cuestión de segundos el color celeste desapareció del estadio. Mi novio y yo subimos las gradas hasta la salida para bajar por las escaleras que parecían nunca acabar.
-          ¿Eres tú?
Y ahí estaba Roger, un amigo de mi infancia, me miraba sorprendido y se detuvo a observar el polo que llevaba puesto.
-          Sí soy yo – dije imitando una sonrisa.
-          ¡Caramba! veo que eres crema – dijo Roger
-          Sí por fin la convertí – se apresuró en contestar mi novio cogiendo mi cintura.
No hubo tiempo de presentaciones y así como vino Roger se alejó y volvió a regalarme una sonrisa cómplice mirando mi polo.
-          Dale, dale, dale U.
-          Cállate Roger, va a ganar la Alianza.
-          Sí pierde te pones mi polo.
-          No me pondré ese polo de gallinas.
-          Ya pues si no te lo pones hoy, algún día lo harás.

La premonición de Roger cuando teníamos ocho años aquel día viendo un clásico en mi casa se hizo realidad. Y al estilo de “Los años maravillosos” “De pronto sucedió”  ahí estaba yo usando el polo crema, restándole importancia y sumándole nuevos recuerdos a esta experiencia en el estadio, caminado derrotada  ante la niña aliancista que alguna vez fui y rendida ante la mujer crema que todavía no sé si soy.

viernes, 6 de junio de 2014

¡Cómelo duro!



-¿Cómo te gusta, aguado o que se ponga más durito?
-Bien duro por supuesto.
-¿Lo quieres ahora?
-Claro siempre me ha gustado comerlo en las mañanas.

Todos hemos tenido alguna vez un contacto, una experiencia ya sea física u oral con él. Desde que vamos al jardín de niños casi todos lo hemos llevado en la lonchera y en muchas ocasiones nos hemos olvidado de él provocando un terrible olor al sacarlo del taper.

-Mmm qué bien huele – dijo Marita al pasar cerca de Santiago, su compañero de trabajo que estaba almorzando.
-¡Ja! Qué bien huele – pensó algo malhumorado Santiago.

Ese malhumor correspondía a que había llevado de almuerzo arroz con huevo pero ni siquiera frito sino duro. Su relación con la cocina no era la más grata pero sabía que con un par de huevos duros no había pierde.

El huevo. Alimento proveniente de las aves y protegido con una cáscara tiene importantes  propiedades en la nutrición humana, sin embargo su sólo nombre ha derivado una serie de palabras que califican a una persona y sus acciones:

-La noche pasada esa “wona” no paraba de mirarme.
-¡No seas “huevón”  pues compadre!
-Déjate de “huevadas”  y trabaja.

“Wona” o “huona” o su masculino “won”, “huevón”, “huebertas”, etc. Son palabras con las que nos hemos topado y también en algún momento “alucinante” de nuestras vidas las hemos utilizado.
Recuerdo que eran las diez de la noche en la intersección de la avenida Arequipa con Risso. Estaba esperando mi combi cuando me distraje con la típica pelea de una pareja. Ella era alta, guapa, cabello  largo y castaño. Él un poco más bajo que ella, medio “apitucado”,  si existe esa palabra,  musculoso y de cara ruda.

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no uses tacos tan altos, me jode esa “huevada” de tu parte?
-Osea que tengo que utilizar balerinas sólo porque mi novio es un chato de mierda – dijo la chica muy ofuscada.
-¿Qué demonios te pasa “wona”? Seré chato ¡pero tengo los "huevos" bien puestos carajo!

Al subir a mi combi dejé de escuchar su pleito y me senté junto a un señor  que no paraba de hablar por su celular al parecer con su hijo.

-Métele “huevos” Sergio, no te vas a dejar ganar por eso.

El “métele huevos” y “tengo los huevos bien puestos” en estos dos casos que acababa de escuchar se referían a una parte del cuerpo masculino pero dándole un significado subjetivo.
Pero volviendo al huevo como alimento, estos  siempre han sido y serán parte de nuestras vidas. A mí me gusta el huevo. Si digo esto delante de un grupo de amigos mal pensados, me dirán lo mañosa que soy. Pero fuera de sus connotaciones y si es cierto o no  que me gustan  “ambos huevos”,  quiero expresar mi fiel estima a este alimento que me ha acompañado desde que tengo uso de razón y que me seguirá acompañando pero sin yemita por favor.

:) 

martes, 3 de junio de 2014

Mi Primera Vez con…

-          - ¿Quieres un poco más?
-         -  Sí, me gusta está rico.
-         -  Pero no le vayas a decir a tu papá.
La dulce Camila, asintió con la cabeza. Fue en el día de su cumpleaños número siete pero no fue exactamente dentro de esta celebración.
-          - Vas a ir al matrimonio.
-          - Sí creo. ¿Tú mamá va a ir?
-          - Sí mi mamá, mi tía, Sole también irá.
-          - De acá nos vamos todos allá.
Y cogiendo una gelatina más, Camila continuó su plática con una de sus primitas en medio de la bulla de la música y de los gritos de sus demás primitos que religiosamente acudieron a felicitarla por su cumpleaños.
Después de romper la piñata, cantar el “happy birthday” y repartir la torta, los padres de Camila la llevaron al mencionado matrimonio. Ella llevaba su vestido blanco y sus clásicas dos colitas con listones blancos.
A Camila le gustaba la idea de ir porque todos sus primitos que estaban con ella en la fiesta también irían y podrían seguir jugando hasta mucho más tarde. Al llegar estaban ahí sus primas: Perla, Sole, Fiorella y Gracia estas dos últimas eran hermanas.
Las cinco primitas se juntaron y empezaron a correr de acá para allá. De las cinco Camila era la más alta por lo que parecía una niña de mayor edad. Precisamente por eso un niño de al menos 13 años empezó a seguirla con la mirada.
Camila y Perla se quedaron solas cuando aquel niño de 13 años se les acercó.
-         -  Hola, me llamo Gustavo. Vamos a la cocina que hay jugo de fresa gratis.
-          - Vamos Cami- dijo Perla muy entusiasmada.
Dudosa, típico en ella, Camila accedió ante la insistencia de Perla.
Los tres niños llegaron corriendo a la cocina. Ahí habían varios baldes llenos del líquido rojizo que Gustavo les había prometido. Rápidamente Gustavo sacó un vaso y lo introdujo en el balde llenándolo.
-          - Toma. Acercando el vaso a Camila.
-          Ella temerosa lo miró con miedo porque como toda “niña buena” no debía recibir nada de extraños  además para ella aquel niño era un señor.
Gustavo era alto, con cabellera llena de rulos y con la cara colorada.
-          - Apúrate, toma de una vez que quiero probar – decía la avezada Perla.
-          - Ya espérate.
Sin dejar de mirar a Gustavo, Camila empezó a beber y terminó con una sonrisa de satisfacción.
-          - Ya ahora te toca a ti Perla.
-          - Ya y después a ti – le dijo Perla a Gustavo.
- Nadie en la cocina se percató de los tres niños. Ellos estaban sentaditos en una de las esquinas de la cocina junto al balde del “jugo de fresa” . Ellos hablaban de varias cosas: del colegio, de que era santo de Camila, de donde vivían y familiar de quién eran ¿del novio o la novia?
-          - De la novia- dijo Camila
-          - Sí es nuestra tía. ¿Tú debes ser del novio?
-          - Sí. ¿Y cuántos años tienes?
-          - Yo tengo ocho – dijo perla esbozando una coqueta sonrisa.
-          - Yo tengo siete – dijo Camila.
-          - Pareces de más…mmm creo que ya no deberíamos de tomar esto. Mejor me voy.
Gustavo se fue algo decepcionado con la edad de Camila y a la vez preocupado por haberles mentido con “el jugo de fresa”.  
Luego de otras seis rondas más. Camila se paró y descubrió que estaba mareada. Perla sin embargo se paró, tomó la mano de Camila y la empujó para correr hacia la fiesta. Llena de energía ambas primas corrieron como locas por todo el local. Camila se sentía mareada pero sentía mucha alegría y unas ganas desesperadas de reír.
Sus otras tres primas se percataron de ellas. Se acercaron y les reclamaron qué donde se habían metido. Sin parar de reír, Camila dijo que estaban en la cocina.
-          - ¿Qué hacían en la cocina? – Dijo Sole.
-          - Estábamos tomando jugo de fresa. Bien rico. – Dijo Perla.
Y tomando la mano de Sole la llevó corriendo a la cocina. Fiorella y Gracia también las siguieron. Camila y sus primas iniciaban así su primera “chupeta” sin saberlo. Reían, jugaban, tomaban, salían a correr un rato hasta que ¡cataplum!
Perla se cayó y esperando que se levantara a llorar se quedó tendida sobre la pista de baile. Las cuatro primas se acercaron y Perla empezó a reír. La mamá de Perla le preguntó que le pasaba, ella manifestó que se sentía mareada.
La Tía Malena miró a Camila y a las demás niñas. Todas parecían cansadas y apenas podían mantenerse de pie.
-          - ¿Ustedes también se sienten mareadas?
-          - Sí tía – dijeron en coro.
-          - ¿Qué han estado tomando?
-          - Jugo de fresa tía hay un montón en la cocina.
Y todas junto a su tía llegaron a la cocina. Señalaron el balde con el supuesto jugo. La tía Malena lo probó y dijo escandalizada.
-          - ¡Esto es licor!
Los ojos de Camila se abrieron y justo en ese momento. Salió corriendo al patio y vomitó. Su papá llegó a auxiliarla pues la niña empezó a llorar como loca. Se quejaba que le dolía la barriga y la cabeza. Su padre la consoló y sus otras primas se fueron a contarles todo a sus respectivos padres.

Ya entrada la noche la gente adulta se emocionaba bailando “El sua sua” y “El baile del perrito”, precisamente este último baile era el preferido de Camila pero ella estaba profundamente dormida sentada

en una de las sillas recostada sobre una mesa. Quizás soñando con abrir sus regalos que dejó sobre su cama pero sin duda con una nueva experiencia que contar.

miércoles, 28 de mayo de 2014

No me pude resistir

Todavía y apenas la luz del día se asomaba, sus pasos eran suaves y el latido acelerado de su corazón iba acompañado de interminables jadeos. Él se acercaba suavemente a su cuerpo.
Y es que siempre las mujeres son más propensas a caer literalmente en sus garras y en su mirada. Desde su primer contacto visual, Camila, no le tomó mucha importancia. La hora siempre estaba en su contra y andaba apurada camino a su centro de trabajo: una redacción en el centro de Lima.
-          - Tengo 3 muertos en un despiste de una camioneta.
-          - Sí supera los 5 vale la pena. Marita tiene a 10 muertitos.
Muertitos. Pensó Camila. Se volvió tan común hablar de los miles de peruanos que día a día fallecen a causa de los accidentes de tránsito, que ya los llamaban con cierto diminutivo cariñoso, de alguna manera para liberar la tensión del hecho en sí.
-          - ¿Y, qué planes para hoy?
-         -  Ninguno, casa, libro, dormir.
-          - Que aburrida es tu vida, deberías salir a divertirte, buscar algo emocionante.
Con esos pensamientos sobre su mente. Camila lo recordó.
Al llegar a su casa cerca de las diez de la noche, lo vio desde lejos. Él como siempre estaba ahí paradito como esperando a alguien.
Siempre me espera y me mira. Pero mejor no. No necesito esto ahora, pensó la indecisa de Camila. Pero unas semanas después la situación cambió.
-          - Vamos, vamos,  salta, salta, sigue,  sigue tu puedes no pares- decía alborotadamente Camila.
Ambos terminaron súper cansados. Él muy agitado por la faena realizada buscó agua y la bebió sin parar. Mientras Camila sólo atinó a observar su belleza.
-          - Uy, te veo bien, se nota que has tenido un buen fin de semana Camilita- decía su compañera de labores, Marita.
-          - Así es.
-          - Me alegro ya era hora. Cuando lo presentas.
-          - Cualquier día que quieras, está en mi casa.
-          - ¿Cómo? ¿Tan rápido ya vives con él? ¿Cómo y tus padres no te dicen nada?
-         -  No se han dado cuenta, pero todas las noches la estamos pasando muy bien.
-         -  Eres una loca con tu carita de mosquita muerta, eres tremenda.
Camila le restó importancia a su comentario y centró su mente en su nuevo compañero.
Llegó la noche, llegó a su casa, llegó a su habitación y ahí estaba rebosante sobre la cama. Apenas la vio se lanzó sobre ella y la empezó a lamer. Sí,  a lamer y toda su esponjosidad reposó sobre el tibio cuerpo de Camila. Ella lo miró a los ojos y le dijo:

-       - No me pude resistir. Eres el perrito más tierno que he visto en mi vida. Me alegra tanto haberte traído a vivir conmigo. Y juntos iniciaron su rutina de ejercicios, corriendo alrededor del parque.

martes, 27 de mayo de 2014

No me voy a bajar señor

“Tú la misma de ayer, la incondicional, la que no espera na…”
-         -  Pasaje, pasaje señorita por favor.
Entregué mi sol cincuenta. Acompañé la entrega con una mirada de rabia, que ni se fijó.  Estaba furiosa porque, de lo relajante que era escuchar a Luis Miguel a ser interrumpida por la gastada voz del cobrador, expulsó de mí aquel paréntesis de meditación en medio de  la convulsionada custer en donde viajaba.
-        -   ¿Custer? Viajas en esa cosa, que nivel. Me dijo mi sensorial amiga con cierta musicalidad al hablar.
Y es que nos guste o no, las custers o combis son los medios de transporte que según un estudio del MTC, más del 70% de limeños lo utilizamos.
Luego de la interrupción con mi contacto musical, empecé a observar más detenidamente el comportamiento de la gente en la custer. Yo viajaba en la esquina de la última fila de asientos, así que mi vista era panorámica y privilegiada en el interior.
-          - Todo Arequipa, Tacna, Wilson, cincuenta, cincuenta al hospital…
Decía el cobrador en cada paradero. La custer iba llena pero cuando me refiero a llena, quiero decir que todos los asientos estaban ocupados, pero esto para el chofer y el cobrador significa vacía.
Subió un señor con saco beige largo y sombrero, me hizo recordar a los antiguos detectives privados. El hombre subió con maletín en mano y se quedó parado dando la espalda a la puerta.
-          - Avance, avance no se quede en la puerta.
-          - Bajo aquí nomás señor.
-         -  Avance está vacío el carro.
-          - Es usted sordo, le he dicho que bajo a unas pocas cuadras.
-          - Está obstruyendo el paso señor.
Con rostro con evidente molestia, el hombre de saco y sombrero se acerca al chofer y le dice muy cerca al oído.
-          - Es usted sordo, ya voy a bajaaarrrrr.
Haciendo sonar más fuerte la erre de lo normal y alzando un poco la voz, el hombre de saco y sombrero despertó a la señora del asiento reservado que cómo casi todos los pasajeros,  estaba echándose un sueñito.
-          - Oiga - dijo con voz alta el robusto y desaliñado chofer -  no me venga usted a gritar, bájese mejor.
-         -  No me voy a bajar señor ya pague mi pasaje.
-          - Devuélvele su “china” cholo.
-         -  No señor, no me voy a bajar.
De pronto de lo rápido que corría la custer, una frenada terminó por despertar al muchacho de mi costado que ya estaba por usar mi hombro como su almohada.
-         -  Se baja,  o no arranco señor.
-          - Que no me voy a bajar  yo he pagado mi pasaje. Usted maneje con prudencia, no como un salvaje.
-         -  Tome taxi señor si viene acá a quejarse, bájese de una vez.
No se hizo esperar las mentadas de madre de algunos señores que reclamaban al chofer que avance  y un sinfín de gritos,  incluidos los de la señora del asiento reservado que a duras penas decía: que malcriado por Dios.
-          - Señor deje que viajemos con tranquilidad bájese que la gente quiere ir a trabajar.
Y en efecto, yo también tenía que llegar a mi trabajo y ya estaba algunos minutos retrasada pero me interesó observar en que acabaría todo este loquerío; además el hombre de saco y sombrero estaba furioso. Tendría unos cincuenta y tantos años, alto y se le notaban algunas canas en las patillas.
-          - Bájese señor, ya deje de hacer problemas.
-          - Usted hace problemas avance que está perjudicando a todos, no me voy a bajar.
El cobrador intentaba calmar a los pasajeros que estaban impacientes. Entonces tocó por el hombro al hombre de saco y sombrero con la intención de bajarlo del vehículo.
-          - No me toque, me está agrediendo que se ha creído.
-          - No sea abusivo oiga, que grosero es usted- decía la señora del asiento reservado.
El cobrador era un joven de veintiocho años promedio, igual de desaliñado como el chofer, con su camisa celeste fuera de su pantalón que hacía un tributo al estilo de Cantinflas.
Ya habían pasado tres minutos eternos de aquella batalla dentro de la custer en plena avenida Arequipa. La solución tenía dos opciones, o el chofer arrancaba la custer o el señor de saco y sombrero se bajaba de una vez del carro. Pero no, el orgullo pudo más y éste iba acompañado de los gritos e insultos de los acalorados pasajeros.
Por fin la orquesta se terminó cuando apareció la pregunta del millón, con voz suave y pura.
-          - ¿Dónde se baja usted señor?- dijo un escolar de unos 14 años, él vestía buzo azul con rayas rojas.
Todos empezaron a buscar de donde salió aquella voz, otros que ya lo habían visto lo miraban con desdén, como preguntándose ¿qué se mete este mocoso en pleito de grandes?
-          - Bajo en Emilio de Althaus, chico- respondió más tranquilo y muy educadamente.
-          - Aquí es señor, esta es la calle en la que estamos hace cuatro minutos estacionados. Ya puede bajarse señor.