lunes, 1 de septiembre de 2014

MI ENCUENTRO CON LA OSCURIDAD


-          Vamos se hace  tarde.
-          No mejor no, tengo miedo, no puedo hacerlo.
-          No pasa nada, confía en mí.

Al llegar todo se tornó oscuro y Sandra se desmayó.

Eran aproximadamente las 7 de la mañana. Sandra, como siempre, tenía problemas para despertar temprano.

-          Ya despierta vas a llegar tarde.
-          Ya voy.
-          Apúrate, ya no te voy a volver a avisar.

Entre empujones logró avanzar hasta la parte central del micro intentado buscar alguna comodidad en tal convulsionado transporte público. Se topó con la mirada de Eduardo. Sí, Eduardo de aproximadamente 35 años, bigotes, pelo corto, y con su clásica camisa azul. Sandra lo conoció en el micro y jamás le hablaba. Ella le lanzaba una tímida mirada a sus cortos 16 años.

-          ¿Qué se supone qué estás haciendo?- dijo el amigo de Eduardo.
-          No tiene nada de malo.
-          Estás loco es una niña, a lo mucho debe tener 15.
-          No exageres.
-          Claro que exagero, la conozco.
-          ¿En serio?
-          Claro que no. Sólo sé que es una niña y no hagas estupideces.

Estupideces, pensó Eduardo. No hago nada malo soy un hombre maduro y cauto. Con estos pensamientos estuvo toda la tarde barajando la posibilidad de hablarle por primera vez a Sandra. Total, ella ya no era una niña, al menos eso decía su cuerpo que en más de una oportunidad se detuvo a ver, claro sin que ella se diera cuenta. Eduardo se consideraba un hombre respetuoso.
Desde las 6 de mañana,  Eduardo ya estaba listo. Hoy era el día. Después de mucho meditarlo hoy se atrevería por fin a dirigirle la palabra a Sandra y estaba incluso dispuesto a invitarle a salir.
Ya se acercaba al paradero en donde ella subiría pero no apareció. Tampoco lo hizo al día siguiente.

-          Mañana es domingo no creo que tampoco suba.
-          Bueno mañana tampoco hay clases en su academia – Dijo Eduardo algo entristecido.
-          Tómalo como una señal. No era buena idea involucrarte con una niña.
-          ¡Que no es una niña! Ya me tienes harto con eso.

Con evidente molestia, Eduardo abandonó a su amigo y se dirigió rumbo al paradero a tomar su micro.
Al llegar divisó a Sandra. Estaba muy abrigada: con gorra, guantes y chalina. Pudo distinguir lágrimas en su rostro.

-          Hola, ¿Sandra verdad?

Ella volteó sorprendida y sin decir ni una palabra empezó a caminar con dirección al parque municipal.
Eduardo sorprendido y algo decepcionado la siguió. Era evidente que algo no estaba bien.

-          Sandra, Sandra ¿qué sucede,  por qué lloras?

Sandra seguía avanzando, esta vez aceleró el paso y terminó corriendo. Eduardo también corrió hasta alcanzarla y se puso delante de ella.

-          ¿Qué sucede Sandra?

Ella lo miró y dejó notar su rostro empapado en lágrimas pero no dijo nada. Sólo sacó un pañuelo y se limpió el rostro. Luego dio unos pasos más hasta una banca cercana en donde se sentó. Eduardo se sentó junto a ella.

-          No sé qué te pasa, sé que no me conoces personalmente. Me llamo Eduardo, nos hemos visto muchas veces en el micro.
-          Sí, te recuerdo.
-          Ya sé que soy un extraño para ti, pero no me gusta verte llorando
-          Es algo inevitable.

Sus ojos se volvieron a inundar de lágrimas. Esta vez buscó el regazo de Eduardo y éste la abrazó sin decir ninguna palabra.
Juntos se quedaron ahí en silencio mirando a la gente pasar: Una niña paseaba en bicicleta. Un perro se corría de su alborotado dueño que gritaba su nombre sin parar. Una pareja de enamorados se daban el último beso antes de que ella suba a su taxi. Y así la vida continuaba y el silencio de ambos también.

-          Está muerta.
-          ¿Cómo dices? – Dijo sorprendido Eduardo.
-          Mi hermana ha muerto.

Eduardo no supo qué decir. Sandra sólo atinó a volver a abrazarlo y él le acarició su cabeza.
Pasado algunos segundos. Eduardo por fin habló:

-          Se está haciendo tarde, si quieres te acompaño a tu casa.
-          No puedo todo el mundo está ahí, la están velando ahora.
-          Vamos se hace  tarde.
-          No mejor no, tengo miedo, no puedo hacerlo.
-          No pasa nada, confía en mí.


El tumulto de gente vestida de negro era la señal de que habían llegado.

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